Una tarde sin planes, un trayecto en transporte público o un hueco en la agenda sin ninguna tarea concreta: estas situaciones cotidianas se convierten, cada vez más, en experiencias incómodas que nos pueden provocar desazón.
La continua multitarea e hiperactividad a la que sometemos a nuestra mente y nuestro cuerpo en estos tiempos de conectividad infinita provocan que la inercia siga activa incluso cuando nos vemos obligados a parar o tenemos un espacio de descanso. Las sensaciones desagradables en el “no hacer” aparecen como un torrente que nos invade y, de manera casi inmediata, nos impulsa de nuevo a la acción: buscar algo en internet, comenzar una nueva serie, hacer scroll en redes sociales, etc., hasta que esas sensaciones desaparecen y sentimos que de nuevo estamos subidos en la vida rápida e hiperproductiva del ser humano del siglo XXI, tan avanzado tecnológicamente que hemos comenzado a alejarnos de aspectos esenciales de nuestra experiencia como seres humanos, de nuestra relación con el entorno y con la vida.
Nos sentimos incómodos sin hacer. La falta de exposición a experiencias de contemplación, descanso real e introspección nos ha llevado a percibir y sentir que, si no hay nada que hacer, conseguir o producir, aparecen la ansiedad y una insatisfacción constante. Pero esto no siempre ha sido así.
“Cuando dejamos de hacer podemos reconocernos tal y como somos.”
Me gusta viajar en tren, mucho más que en avión. Y creo que es una preferencia que comparto con otras muchas personas. Aunque se pueda tardar más tiempo en realizar el mismo trayecto, la experiencia es muy diferente. Podemos sentir el viaje. A través del paisaje cambiante reconocemos el desplazamiento, nos hacemos conscientes de la experiencia del movimiento y de lo que implica para nuestro cuerpo y nuestra mente. Los momentos del trayecto sin cobertura digital en nuestros dispositivos son un regalo: no hay nada que mirar, consultar o resolver; solo queda la persona, el tren y la experiencia de desplazamiento por la tierra, que nos muestra la impermanencia de todo lo que nos rodea.
En la vida cotidiana esos momentos están poco a poco desapareciendo, si no han desaparecido ya por completo, y con ellos también está desapareciendo la posibilidad de relacionarnos y aprender de aquello que nos puede ofrecer el vacío del “no hacer”. No es necesario llenar toda nuestra vida, todos nuestros momentos, de un hacer continuo. Tal vez hemos integrado esta creencia como una verdad absoluta porque es lo que percibimos que nos demanda la sociedad y este mundo supratecnológico. Hemos demonizado el aburrimiento, la falta de planes o el disfrute sencillo en nuestro hogar. El ser humano está mucho más acostumbrado al vacío de lo que pensamos. A lo largo de nuestra historia como especie hemos convivido con muchos espacios de no hacer, en un contexto en el que no existían estímulos constantes que captasen nuestra atención. Esto nos permitía tener más tiempo para la contemplación, el arte, la creatividad, el descanso y las relaciones sociales significativas.
La práctica de meditación nos invita a observar la experiencia también cuando no hacemos. A reconocer la incomodidad inicial de salir de la hiperactividad y otras necesidades que pueden estar tapadas por una proyección constante hacia el futuro o el pasado. Cuando paramos de manera consciente podemos descansar y permanecer en un estado contemplativo que nos ayude a recuperar nuestra presencia y claridad en el momento presente.
Cuando dejamos de hacer podemos reconocernos tal y como somos, con un cuerpo y una mente que sienten, piensan y se emocionan, y es ahí cuando realmente estamos conectados con nuestra existencia y podemos empezar a comprenderla de manera más profunda.
En ese proceso de parar y observar, podemos empezar a sentir más espacio, no como algo que hay que llenar o evitar, sino como un lugar en el que descansar. En ese espacio todo es mucho más claro y nítido; se ralentizan la impulsividad, los deseos y las preguntas. Y la comprensión surge de manera espontánea, desde la experiencia directa y preconceptual. El vacío, que al comienzo puede resultar muy incómodo, se convierte en amplitud, calma y comprensión. Cuando conseguimos permanecer en él se revela ante nosotros el misterio de la vida.
La práctica de meditación nos permite redescubrir y habitar la experiencia de no hacer desde la presencia y la conciencia. Nos permite disolvernos en ese vacío amable y comprender más allá de lo que vemos y pensamos. Nos permite contemplar el misterio.
Teo Luna
SUKHA Mindfulness
